En Metrópolis, esa quimera de cristal y acero que se erige como un monumento a la ambición humana, las tardes de jueves suelen traer consigo la misma sinfonía de sirenas lejanas y el murmullo incesante de la vida que se devora a sí misma.
Pero para Lois Lane, el jueves en cuestión era una anomalía palpitante.
Sentada en el balcón del ático de Clark Kent, con el zumbido discreto de su grabadora como único contrapunto al vasto silencio del cielo sobre la ciudad, se preparaba para desentrañar un misterio más denso que la criptonita: la perplejidad de un dios ante la banalidad del mercado.
Superman, o Clark para los íntimos que compartían el secreto de la capa, contemplaba el hormiguero urbano con esa mirada de cachorro interestelar, tan ajeno a las pequeñas miserias humanas como un cometa a la órbita de un picaporte.
«Superman,» comenzó Lois, su voz afilada como una pluma de ganso en la mano de un escriba, «la gente susurra. Sobre… sobre Uber.»
Él giró su cabeza, el azul profundo de sus ojos, que podían fundir el acero, ahora teñido de una confusión casi enternecedora. «Uber,» repitió, el nombre rodando en su lengua como una palabra olvidada de una civilización lejana. «Esa… ¿aplicación? He observado sus patrones de tráfico, las transferencias de datos… es… ineficiente, Lois.»
Ineficiente. La palabra revoloteó en el aire, un colibrí exótico en un bosque de sequoias.
Solo un ser de un planeta donde la energía era tan libre como el aire podía ver la vorágine del capitalismo tardío como una mera «ineficiencia».
«Ineficiente, sí,» concedió Lois, reprimiendo una sonrisa. «Pero ha reescrito las reglas. Y ha… reescrito a los taxistas.»
Y fue en ese instante cuando la curiosidad de Kal-El mutó en una indignación que trascendía las galaxias.
«¿Los taxistas?» Su voz, que podía detener balas, se suavizó con un matiz de incredulidad, casi de compasión. «He monitoreado sus transacciones. Sus… licencias. He visto los números, Lois. La hipoteca sobre sus hogares, los sueños labrados con sudor y noches en vela, la inversión de una vida… para adquirir el derecho a transportar a otros. Un derecho por el que pagaron el equivalente a fortunas terrestres diminutas, pero colosales para ellos.»
Se irguió, su capa ondeando apenas con el suspiro del aire acondicionado. «Y de repente,» continuó, deambulando por el balcón como si sopesara la densidad de un agujero negro, «surge este… Uber. Una entidad sin activos, sin responsabilidades directas con esos individuos, que simplemente proclama: ‘¿Y si cualquiera con un coche y un teléfono se convierte en un servicio de transporte?’. Es como si yo decidiera que cualquiera con un trapo rojo puede llamarse Superman y volar sin entrenamiento, sin un código… ¡sin una inversión!»
Lois lo observaba, hipnotizada. Era raro ver a Superman tan genuinamente alterado por algo que no implicara la inminente desintegración de un continente.
«Es la disrupción tecnológica, Superman. El libre mercado.»
«¿Libre mercado?», espetó él, deteniéndose ante ella, sus ojos fijos en la caótica danza vehicular de la avenida. «Lo que veo es una disrupción parasitaria. Es la anulación de contratos tácitos, la desvalorización de activos ganados con el alma. Es una… una insolencia digital.» Sacudió la cabeza, su mirada perdiéndose en el horizonte de rascacielos.
«En Krypton, si alguien invertía en un sistema, ese sistema era… sagrado. Había un orden, una lógica, una ética. Aquí, parece que se celebra la anarquía más vacua disfrazada de progreso, de ‘innovación’.»
«Los taxistas están perdiendo sus casas, sus ahorros,» Lois intervino, lanzándole una cuerda.
«¡Exacto!», exclamó Superman, como si hubiera estado esperando la confirmación de la atrocidad. «Pusieron su fe en un sistema terrestre, en sus regulaciones, en la promesa de un futuro. Y ahora se encuentran… despojados. Por una aplicación que, a mi entender, evade responsabilidades laborales y explota un vacío legal para generar ganancias exorbitantes para unos pocos. Mientras que aquellos que construyeron el sistema, que pagaron por el privilegio, son relegados a la obsolescencia. Es… bárbaro. Es como un asteroide invisible que no impacta físicamente, sino que pulveriza financieramente las vidas de miles de seres humanos. Y lo llaman ‘progreso’.»
Se acercó a la barandilla, su mirada perdida en la distancia, como si pudiera ver las ondas de injusticia financiera vibrando en el aire. «Y lo más… irónico,» añadió, con un tono que mezclaba la incredulidad alienígena con un dejo de desdén kryptoniano, «es que me piden que salve al mundo de amenazas cósmicas, mientras ustedes, los humanos, se infligen entre sí este tipo de… robo institucionalizado con una sonrisa. Un robo digital, sin láseres ni explosiones, pero igual de devastador. A veces, Lois, me pregunto si no sería más sencillo detener un meteorito que entender la lógica de la economía gig.»
Lois apagó la grabadora, una sonrisa lenta y astuta se dibujó en sus labios carmesí. «Una gran cita, Superman. Una gran cita.» Pensó en el titular, en la primera frase que atraparía al lector: El Hombre de Acero contra la Fiebre Amarilla Digital: Un Lamento Kriptoniano por el Alma del Taxista Terrestre. Y supo que, de nuevo, tenía la exclusiva del siglo. Y Superman, el protector de la Tierra, seguía sin entender cómo un simple teléfono podía causar más estragos que la invasión de Brainiac. Era, sin duda, un mundo extraño este.
“Un mundo donde el perro, a veces, éramos nosotros mientras no saboteáramos ideológicamente a esta nueva subcultura tercermundista de explotación gig”.
Mientras la grabadora recogía las palabras de Clark Kent, Lois Lane veía comenzar una tormenta de nieve que congestionaba el rostro desencantado de Superman.


















