Las ovejas eléctricas

A la memoria de Philip Kinder Dick

Battery, el elegante club privado a las afueras de San Francisco acoge a la comunidad tecnológica. Está ubicado dentro de un molino de mármol. Para sus asociados, los
coches autónomos (dirigidos en una nube que no se sabe si reside en Texas o Milán, qué más da y a quién le importa) los consideran inevitables.

Con ello se irán descartando humanos que cobrarán pagas vitalicias mientras ocurre la transición en que las máquinas ocupen los trabajos de los ya olvidados, los innecesarios, los descartados, los sin propósito en la vida, porque alguien les dejó sin sentido al que agarrarse.

Ahora zombies, desplazados por dejarse invadir por «metales obedientes», jamás tan eficaces cómo los humanos, pero «sin tantas leyes». Y lo más importante, los autómatas no tienen vinculaciones ni raíces. No estorban porque no piensan en sí mismos, son esclavos sin matices.

Pero, ¿podemos sobrevivir al Apocalipsis Zombie? Yo no lo veo

Cómo humanos nos odiamos a nosotros mismos porque estamos desorientados, sin raíces en que apoyarnos. Estamos moralmente y existencialmente cansados y a la defensiva.

Los últimos cambios nos alejan de la empatía, el compañerismo y la búsqueda de lo mejor de nosotros mismos para aportar a los demás y a nuestro recuerdo futuro. Nos falta una guía contundente sobre cómo asimilar cambios positivamente para mejorar lo anterior y tachar lo que empeora quizás censurando o prohibiendo.

Porque creemos que decir que no, es reaccionario siempre. No es así. Hemos confiado demasiado ciegamente en el avance tecnológico sin control social y político. Si hubiéramos dicho no a matar marcianitos en su día quizás nos hubiéramos librado de un gran número de psicópatas y sociópatas. Pero quedaba «carca». Aunque no te importe ser un «carca» si libras a tu hijo de una enfermedad mental de por vida.

Y no digamos si con ello impedirnos la extensión de una generación de «marcianicidas» que alejaran a los seres humanos de su condición para entenderse sin matarse. Quizás la recurrida patada paternal a tiempo nos hubiera humanizado, y también un control sobre las nuevas tecnologías y su influencia sobre los trabajos precarios.

Quién sale de la estación de Kalamata en Grecia contempla estupefacto la mirada de turistas que abarrotan el restaurante enfrente de la estación de tren. Su éxito se debe a que cocinan a un cerdo enorme traspasado por un grueso palo dándole vueltas, cuál pollo a l’ast.

Normalmente dos buenos platos de cerdo rustido ayudan a llenar de vomitadas los alrededores del camping al llegar la noche, pero mientras rueda en el fuego recuerda ese olorcito a las piras funerarias que si eres rico y tienes 15 euros te puedes permitir allá en el Ganges en Benares o bien en Katmandu si te gusta la altura del Himalaya.

Siempre es más barata la «gran olla», 1,20 euros y te dan los restos mezclados por la multitud de pobres que no tienen para tronco propio.

Las ovejas eléctricas

La similitud es inevitable

El ADN lo confirma. Somos hombres, pero también nos arrastramos como el cerdo. Y al morir si la madera y los aceites son similares olemos igual. No pretendo con ello insinuar que robarles el trabajo a los taxistas mediante tretas y vacíos legales acerque más al cerdo a los dueños de VTCs recién llegados, sino que el ser humano es de por sí algo similar al puerco, y los humanos hacemos lo que sea por nuestros hijos. Por ellos nos arrastramos como el cerdo en el fango.

¿No es así señores responsables de Uber, Cabify, Free Now y Bolt? Ustedes ¿Qué opinan?

Las ovejas eléctricas