Las habladurías se hacen cada vez más fuertes, ¿verdad? Que un tal Cristóbal Montoro, sumo sacerdote del Ministerio de Hacienda durante aquellos años oscuros y delirantes entre 2011 y 2018, podría estar vinculado al ascenso profano de esos malditos VTC —ya sabes, Uber, Cabify y sus hermanos corporativos— que han estado pateando a los taxistas tradicionales.
Olvídate de los delicados debates parlamentarios; aquí estamos hablando de una pesadilla en toda regla, una alucinación de tratos turbios y vacíos legales que apestan a puro y sin adulterar fervor capitalista.
No hay una pistola humeante, entiéndeme, ni un telegrama directo de Montoro a un oscuro capo de los VTC en Murcia, el otro Montoro. Eso sería demasiado limpio, demasiado simple para esta intrincada red de engaño.
Lo que tenemos aquí es mucho más insidioso: la presencia omnipresente, casi espiritual, de una mano ministerial que guía el barco del Estado directamente hacia las traicioneras aguas de la «liberalización para los amigos .»
¿Recuerdas esa gloriosa «Ley Ómnibus» de 2009? Bueno, bajo la atenta mirada de Montoro, se convirtió menos en una ley y más en una sugerencia, una barrera endeble contra el tsunami de licencias VTC.
Fue un sálvese quien pueda, una auténtica fiebre del oro para cualquiera con un teléfono inteligente y un coche reluciente, dejando a los pobres y acosados taxistas ahogándose en sus propios gases de escape.
Y luego está la infame «ratio 1/30«, un concepto hermoso y elegante, un VTC por cada treinta taxis, diseñado para mantener la paz. Pero la paz, amigos míos, no está en el vocabulario de estas bestias corporativas.
Durante el reinado de Montoro, esa ratio fue retorcida, doblada y finalmente destrozada, abriendo el camino a una auténtica estampida de VTC. Imagina la escena: hordas de coches elegantes y silenciosos, como un enjambre de langostas robóticas, descendiendo sobre las desprevenidas calles, dejando el caos y la desesperación a su paso.
Los taxistas, benditas sus almas indignadas, gritaron «¡Asesinato! Robo!!!!», pero sus lamentos fueron ahogados por el tintineo metálico de las carteras abriéndose al soborno.
Aunque Montoro no fue explícitamente nombrado como un titiritero que movía los hilos de Uber, el hedor a colusión flotaba pesadamente en el aire. La industria del taxi, perpetuamente al borde de un ataque de apoplejía, lo vio tal como era: la prueba de que el ministerio de Montoro había creado un nido acogedor para estos disruptores digitales, un auténtico caldo de cultivo para su impía expansión.
No se trataba de una sola firma en un papel; se trataba de todo un ecosistema de complicidad, un guiño y una señal silenciosos desde las más altas esferas del poder.
El sector del taxi, esos incansables guerreros de la jungla urbana, lo han estado gritando a los cuatro vientos: los gobiernos diferentes , especialmente el que sirvió Montoro, «favorecieron» los VTC.
Sacrificaron la vaca sagrada del servicio público por el becerro de oro de la empresa privada, dejando un rastro de sueños destrozados y taxímetros rotos.
Así que, cuando quitas las capas de esta cebolla, lo que encuentras no es una orden directa, un mandato claro y conciso de Montoro para desatar el Apocalipsis VTC.
No, es mucho más insidioso. Es la atmósfera permisiva, la deliberada falta de una regulación estricta, el guiño cómplice que permitió a estos gigantes digitales brotar como hongos tóxicos.
El daño ya está hecho. La plaga VTC, nacida en el corazón del ministerio de Montoro, se ha extendido como una enfermedad venérea de tanto gobierno putero por toda la maldita nación.
Es un testimonio de la locura pura, sin adulterar y que adormece la mente de la política moderna, donde la línea entre el servicio público y el beneficio privado se difumina en un lío indistinguible y psicodélico.
Y Montoro, amigos míos, estaba allí, probablemente bebiendo buen brandy, observando el caos con una sonrisa de complicidad. ¿No les encanta el olor a corrupción por la mañana? Esperen a que acabe la orgia….oye, ese de ahí no es Ábalos?.
El asfalto sudaba el aliento de mil pecados menores y el aire olía a gasolina, sudor y la desesperación de los sueños rotos.
Desde mi Prius, convertido en una cápsula espacial destartalada que surcaba las arterias podridas de la ciudad condal, observaba el espectáculo grotesco que se desplegaba ante mis ojos.
Las luces de neón parpadeaban como epilépticos, pintando la noche con los colores chillones de la hipocresía y la avaricia.
El motor ronroneaba un blues cansado, un lamento por los tiempos idos, cuando los taxis eran taxis y no plataformas digitales de esclavitud.
Sí, la ciudad… esta puta ciudad era un personaje más en esta tragedia de bajo presupuesto. Fría, desalmada, testigo indiferente de cómo la decencia se escurría por los desagües como una rata muerta.
Voz en off, la mía, la de Torrente, el último romántico, el guardián de la moralidad en un mundo que había perdido el rumbo. Mi bigote, más ralo que el sentido común en el Congreso, vibraba con cada exhalación de indignación.
«¿A dónde vamos, joder? ¿Adónde vamos cuando un ministro, un cacensured con traje y corbata, vende tu alma al mejor postor por unos putos VTC?» La pregunta flotaba en el habitáculo, pesada como un pedrusco, mientras un cliente borracho eructaba en el asiento trasero, ajeno al apocalipsis que se gestaba.
El despertar del monstruo
Llegué a mi guarida, un antro de decadencia iluminado por la luz mortecina de una tele de tubo que escupía basura sin cesar. Los restos de una pizza reseca adornaban la mesa del centro, un bodegón de la miseria moderna. Me quité la gorra, la corbata, la última máscara de una cordura que se desmoronaba. Y entonces lo vi. En la pantalla, como un fantasma del pasado que se negaba a morir, la cara de Montoro. El puto Montoro.
Anunciaba un evento en Barcelona, una pantomima de «progreso» y «modernización» para justificar su traición. Mis entrañas rugieron. La bilis subió por mi garganta.
Ese cecensured, con su sonrisa de cocodrilo y sus ojos de tiburón, era el arquitecto de esta pesadilla. La música de la tele se distorsionó, se volvió opresiva, un mantra infernal que taladraba mi cráneo. Era la sinfonía de la deshumanización, el himno de la jauría.
Preparación para el apocalipsis
La idea, al principio, fue una chispa. Luego, un incendio que devoró cualquier vestigio de racionalidad. Me dirigí al baño, un santuario de azulejos rotos y un espejo que reflejaba la mueca de un hombre al borde del abismo. Mi maquinilla de afeitar, oxidada y peligrosa, raspó mi piel, arrancando los últimos vestigios de un decoro que ya no importaba. Mis manos, temblorosas pero decididas, llenaron globos de mi sangre en la bañera. Globos de sangre. Sí, la simplicidad de la venganza popular. Ensayó frases frente al espejo, la voz ronca, los ojos inyectados en sangre.
«¡Traidor!», «¡Vendido!», «¡La sangre es nuestra!, la que nos sacaste con Hacienda y las putas VTC«. Cada palabra era un puñetazo al reflejo distorsionado de Montoro que veía en mis pupilas. El montaje se aceleró, la música se volvió un galope rítmico, distorsionado, la banda sonora de mi propia locura.
Era la preparación de un guerrillero urbano, un Don Quijote del asfalto dispuesto a librar su última batalla.
El circo televisado
El evento. Un salón de hotel transformado en un plató de televisión, un circo mediático donde los charlatanes con traje y corbata vendían humo y mentiras.
Luces teatrales, un halo de artificialidad que intentaba ocultar la podredumbre subyacente. Me infiltré, con un carné de «prensa» falsificado que olía a whisky barato.
Mi chaleco, mi corbata, mis gafas de sol… era un puto periodista, un reportero de la verdad en un mundo de falsedad.
Y allí estaba. Montoro. Su figura, grotesca y caricaturesca, se alzaba en el estrado, irradiando una especie de autocomplacencia narcisista que me revolvió las tripas. Su voz, amplificada por los altavoces, era un eco distorsionado, como si un ventrílocuo maligno estuviera manejando sus cuerdas vocales. La tensión era palpable, un presagio de la tormenta que se avecinaba.
Nuestros ojos se encontraron. Una milésima de segundo. Una conexión fugaz entre el depredador y su presa, aunque en este caso, la presa tenía un par de globos de plasma sanguíneo escondidos bajo el chaleco. Sus ojos, los de un tiburón saciado, no reconocieron el peligro inminente. Error fatal.
El bautismo de sangre
Y entonces, el momento. El aire se condensó, el tiempo se ralentizó. Saqué los globos de plasma como un avión se prepara a impactar las Torres Gemelas. El primer impacto fue seco, un chapoteo obsceno en el traje impoluto de Montoro. El plató enmudeció. Un silencio sepulcral, roto solo por el goteo del plasma.
Luego, una risa. Una risa solitaria, que se extendió como un virus, contagiando a la audiencia. Risas. Caos. Aplausos. La cámara en mano se tambaleaba, capturando la anarquía. Los rostros atónitos de los periodistas, las expresiones de incredulidad de los asistentes.
Y yo, en medio del huracán, con la sonrisa de un lunático y el corazón de un cruzado. Lancé el segundo globo, y el tercero, y el cuarto. La sangre salpicó, un bautismo improvisado, un exorcismo de la burocracia y la traición. Era un acto simbólico, sí. Una declaración de guerra en la batalla por el alma de la ciudad. El New York Times sería más explícito: ”El rostro vampírico de Montoro envuelto en la sangre de los contribuyentes y los taxistas a los que estafó.”
El sonido envolvente, el murmullo de las voces que se elevaban, el tintineo de los vasos rotos. Era la sinfonía de la revuelta, el despertar de la bestia.
El viaje de vuelta
Las sirenas ululaban a lo lejos mientras me desvanecía entre la multitud. Volví a mi Prius, mi santuario sobre ruedas. El motor volvió a ronronear, esta vez con un ritmo diferente, un susurro de victoria, tal vez. La ciudad se extendía ante mí, las luces de neón ahora parecían menos hostiles, más… comprensibles.
Contraluces suaves, un velo de melancolía que envolvía el paisaje urbano. Conduje sin rumbo fijo, las manos en el volante, la mirada perdida en el horizonte. ¿Había ganado algo? ¿Había cambiado algo? Quién sabe. Pero algo, sin duda, había cambiado dentro de mí. El colapso había sido completo, y de sus cenizas, había surgido algo nuevo. No era un héroe, ni un mesías. Era Torrente. Un hombre ridículo que, en una noche de locura, se había convertido en el símbolo involuntario de una revuelta emocional contra la deshumanización.
Y la venganza del taxi había sido servida, fresca y helada. El plano final se abrió, el Prius alejándose en la distancia, una silueta solitaria bajo el cielo incierto de Barcelona.
¿Fin?
No, el principio de otra historia, quizás. Una historia de resistencia, de locura y de la eterna batalla del hombre contra la máquina, contra el sistema, contra sí mismo y su alienación.


















