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Cuento de Navidad en la CAM

Llevadme a la T4, quiero hablar con los taxistas

Cuento de Navidad en la CAM

Cuento de Navidad en la Comunidad de Madrid, nuestra CAM

Isabel Díaz Ayuso notaba algo extraño en el comportamiento de los perros lazarillo. Cada vez que se tropezaba con un ciego, estos canes arrastraban a sus dueños hacía otro lado, como evitando su presencia. Aquella Navidad había empezado a percibir algún silbido lejano, algunas voces y hasta gritos que traía el aire helado.

Al principio no eran más que sucesiones al azar de quejidos humanos, pero ahora podía escuchar perfectamente no sólo frases enteras, sino conversaciones entre varias personas: “¿Qué se siente al no temer perder nada porque no te queda nada para perder?”. Era perfectamente perfectible la voz serena de un varón de unos veinticinco años. ”No siento nada más que el vacío por haber dejado escapar algún tren que era vital: El de la dignidad.” Aquí era su propia voz, respondiendo.

Aquellos gritos, ahora conversaciones, no eran más que una lucha salvaje en el fondo de sí misma entre el inconsciente y el consciente. De sobra sabía que su personaje la había sobrepasado: Isabel había dejado que su persona se hubiera encerdado. Es lo que pasa cuando tu única vinculación con la vida es el dinero.

Los taxistas madrileños se lo recordaban a diario. Su obsesión por no tropezarse con ninguno la llevaba a disfrazarse. Con gorra de béisbol y melena rubia paseaba tranquilamente por la Gran Vía. Y aún así los veía trabajar con cierta aprensión que no era más que terror a ser reconocida.

Algo sucedió el Día de Nochebuena de la Navidad del 2022. Esta vez el disfraz se componía de una exuberante melena, rubia como siempre, y una minifalda amarilla. Para ir disfrazada no pasaba desapercibida. Captaba cualquier mirada, incluso los taxistas desviaban las miradas cuando paraban en los semáforos. A ella le encantaba que no la descubrieran y la insultaran merecidamente. La ponía realmente cachonda.

“Cómo va todo, Leticia?”

Para la Reina también era una diversión el juego de los disfraces. De todos modos, ella iba mucho más discreta, aunque también de rubia. ”Bien,Isabel, verás, vamos a ir al grano. Quiero que soluciones de una puñetera vez el conflicto tuyo con los taxistas. Ya les has robado bastante. Es una orden de Casa Real. La idea es mía. Pero tiene el beneplácito de Felipe. Tenemos información de los vínculos entre ciertos empresarios y tu persona. Así que esta orden también es un favor para no hacer públicas ciertas pruebas.” Isabel se puso roja. Otro disgusto, después de lo de Casado.

Pero no se le podía negar el coraje: ”Sé perfectamente que tu abuelo era de ese gremio. Ahora no estás en ese círculo zarrapastroso. Estás entre gente de bien. No te creas que eres el Zorro, el que deshace entuertos como Don Quijote. Has cambiado de clase y debes asumirlo, te lo digo como amiga”.

“Ni soy ninguna Zorra ni voy destruyendo molinos. Tampoco somos amigas. A mi abuelo lo ven como un traidor los compañeros. Precisamente, te estás riendo de la profesión de la que proviene la Reina. La Casa Real vigila tus movimientos y quedas advertida”. Leticia se levantó, dejando debajo de su café con leche un billete de 20 euros.

Isabel veía todo como una mala jugada del destino. Ciertos celos eran inevitables. Felipe hubiera sido un magnífico partido para ella misma. Y a Leticia, por más que le hiciera el cuento, la veía como una desclasada proveniente del arroyo. Lo tenía claro: A los taxistas y su entorno ni agua, aunque tuvieran contactos con la nobleza. Y ya hablaría con sus amigas para que todo el entorno le hicieran el vacío a la Reina que ahora pretendía ir de campechana como el ricachón del Emérito.

Eso cavilaba mientras pasaba por el Paseo del Prado. A dos taxistas que esperaban en la parada de un hotel les sonó su cara mientras admiraban sus espectaculares piernas de ex-quinceañera. Tanto fue así que junto a los insultos se unió una muchedumbre de más de seis taxistas (ahora con las famosas barras que más de uno llevaba bajo el asiento).

Isabel cruzó el semáforo con cierta prisa y se refugió en el Museo. Los empleados no esperaban una visita tan distinguida, y menos con una indumentaria tan sugerente y teñida de rubia. Tampoco suponían que vendría acompañada de una turba de ya nueve taxistas madrileños dispuestos a vengarse del atraco permanente de sus leyes. Entre empleados y el amplio servicio de seguridad consiguieron retenerlos y evitar el ajusticiamiento. Pronto llegaron los antidisturbios.

Mientras, en el lavabo, Isabel iba recuperando la dignidad de Presidenta. Una empleada le cambió su falda de trabajo por esa minifalda espectacular de Versace. El director del Museo la calmaba mientras le gritaba a la Policía Nacional. Les exigía un helicóptero dada la situación incontrolable de los más de cincuenta taxistas ya en la puerta. Todos tenían un objetivo en común: Hacer justicia, en principio entregándola al juez mientras iban atando la cuerda al árbol y ensayaban los pasos con el caballo.

De sobra sabía Isabel sus intenciones. Por eso se subió a la otra cuerda. La del rescate del equipo de Alta Montaña de la Guardia Civil. La subieron pensando en lo espectacular de esa minifalda que se comentaba. Ahora iba en traje de monja, de las que nunca habían roto un plato.

“Bienvenida, señora Presidenta, aterrizaremos en breve en el Hotel Castillo de Ciudad Real. Allí no dejan entrar a taxistas. Tampoco dejaron entrar a Santiago Carrillo cuando volvió del exilio”.

Quizás tenía razón la Reina Leticia y su inconsciente. Se había aprovechado demasiado.

Optó por afrontar el problema de cara. ”No voy a aterrizar ahí, llevadme a la T4, quiero hablar con los taxistas”.

Cuento de Navidad en la CAMEl helicóptero aterrizó en plena parrilla. Salió escoltada por seis guardias civiles. Los taxistas, ignorantes de los milagros que ocurren en Navidad miraban estupefactos, pensando que los de La Cubana no se habían retirado. Desde luego, eso era obra de un grupo de teatro alternativo. Y realista a tope con el puto helicóptero. Al menos 1.000 euros del alquiler del magnífico trasto.

“Trabajadores del taxi. Soy consciente de mi abuso todos estos años. Quizás abusé de ser Presidenta. Quizás la codicia: Me gustan los bolsos caros. Pero es Nochebuena y se trata de enmendarlo. No sólo voy a echar a esos cucarachos. Subiré las tarifas un 8%”.

Aquí subió el cabreo de los taxistas ante lo que creían un choteo de un grupo teatral aficionado, y llegaron las primeras piedras. Luego la lucha infernal entre taxistas y guardias civiles. Isabel Díaz Ayuso corriendo salvajemente entre los trabajadores del taxi que no la reconocían, aunque si la insultaban. Así acabó escondida en un lavabo de los taxistas. El de hombres. Allí se le hizo la luz. El milagro sucedió. Entre cucarachas, mosquitos y ese asqueroso olor a defecación estancada en el tiempo, quizás durante 15 años, Isabel tuvo la visión del sufrimiento de Cristo en la cruz. Esa suma de olores actuaba como un opiáceo. Isabel sintió a Dios.

Allí entraron los taxistas, que la acompañaron, ahora todos arrodillados en el rezo. Veían que ya no había diferencias. Ayuso era amor al taxi y los taxistas amaban a Ayuso. Eran las 12 de la noche y ya era Navidad. El Malagueta cantó el primer villancico. Cristo se apareció a los más humildes en el lugar más indicado para mostrar nuestra obediencia a la divinidad. Tuvo muchos huevos para hacerlo en el lavabo de hombres de los taxistas del aeropuerto. Así era Jesús el día de su nacimiento: Más grande que Mohamed Ali o el mismísimo Real Madrid.


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