De la Latina al Arenal en busca de un ‘Teki’

Porque cuando no hay taxis, no los hay, ni para los blondies ni para la señora María que va al médico, y esto es algo que esta sociedad no termina de entender

De la Latina al Arenal en busca de un 'Teki'

Son las 20 PM y el sol sigue golpeándonos sin piedad en este pintoresco bar a escasos metros de la playa, en la que Aina y servidor recordamos los viejos tiempos en la Uni.

La llamaré Aina y no daré más detalles de la Uni -ni tenues ni salvajes, ya me entienden- porque comprenderán el detallito: quiere conservar su puesto de trabajo en un medio popular (massmedia) de la isla que recientemente ha cubierto una salvaje campaña de marketing para Uber, y digo salvaje porque no es muy común escuchar a un periodista decir que «le ha dado mucha vergüenza mirar a los ojos al taxista que hoy le ha traído hasta aquí», en este mundo en el cual el taxi es un saco de boxeo impresionantemente efectivo, ya que vende de maravilla la palabra «taxi» y casi nunca se intenta defender.

«S’areneta, aquí me bañaba de pequeño, ¡y ahora es la playa de Rosalía!’», le contaba alegre ese señor, ¡hasta caramelos tenía en su taxi!, pero Aina sólo podía pensar en el caldo que habían estado preparando durante tanto tiempo hasta que se inició la susodicha campaña, un caldo bien cargado de golpes bajos y de responsabilidades que nunca han sido del taxista, como lo de tener que estar en todas partes a pesar del absurdo tráfico de Palma (y créanme, he estado en medio mundo, pero esto merece su propio capítulo), o lo de «vivir en el aeropuerto» a pesar de que Son Sant Joan también acumule colas de gente esperando a su taxi.

Porque cuando no hay taxis, no los hay, ni para los blondies ni para la señora María que va al médico, y esto es algo que esta sociedad no termina de entender porque es más fácil pensar mal.

«Pero chica, ¿no habéis promocionado a Uber?, pues pide uno». Su cara era un poema, como la mía cuando me enseñó la pantalla de su móvil con la App abierta.

44 euros costaba en ese momento volver en taxi desde el bar hasta su casa en La Vileta, un barrio al norte de Palma a unos 12 kilómetros de nuestra ubicación, ¡y sin alta demanda!.


El Aeropuerto de Palma se inunda de piratas del taxi

 

El Aeropuerto de Palma se inunda de piratas del taxi

 


«Están de paseo Caye, –siempre me nombra por mi diminutivo de Cayetano–. Mucha gente los esperaba como a los salvadores que vienen a llevarles a casa, al médico o al trabajo pero han venido a ver si cabrean al taxista, seguramente a grabar las calles y si pescan a alguien a mano alzada pues oye, algo que se llevan al bolsillo».

Aina conoce perfectamente el modus operandi porque ha mamado mucho Madrid, donde los VTC cargan desde hace años a mano alzada con total libertinaje. Perdón, quería decir libertad, pero es que en mi ciudad como que ya hemos fusionado ambos términos. «No sé si traerán más coches, imagino que sí, porque esta excusa de ‘Premium’ para pegar el palo no se la traga nadie con dos dedos de frente».

Bueno, y no te lo pierdas, que el otro día un policía me sopló que están con campañas de inspección porque algunos conductores han aprovechado el hecho de estar rodando sin parar de vacío para distribuir, sí, distribuir.

Y ahora es cuando el lector no piensa, sino que visualiza, sin más. Sin entrar en detalles me dijo que les detectaron por una especie de carpeta que llevan ubicada en una zona visible del coche, y que no descartan que la cosa vaya a peor porque el trabajo precario en Madrid a.k.a. libertilandia ya es jodido, pero aquí es sencillamente insostenible.

«Han traído a gente de la península que, si viven sólo de su nómina (ejem), en una semana van a salir pitando de aquí, porque ‘aquí no hay quien viva’ -me dice cantando la intro de la tele- con su sueldo y sus condiciones, que irán siempre a peor».

Cae la noche y decidimos pedir un taxi, lo pido por APP, me dice mi otrora compi de aventuras. 14 minutos, ni más ni menos. Al Cuba por favor, le dice Aina, que tampoco mira a los ojos a este taxista, un chaval que no tendrá más de 25 años. Con una sonrisa enciende el taxímetro y llegamos en menos de 10 minutos.

Por lo visto esta es la zona de marcha de la capital isleña, y en cierto sentido me siento como en casa, pues le veo un toque a La Latina, con sus garitos y el buen rollo que se expande desde las calles hasta los locales donde la gente entra y sale como Pedro por su casa y se mezcla con los que están en sus mesas terminando aún el postre o el cortado. «¡Mira por donde!, un Uber», me doy la vuelta y efectivamente, un Hyundai negro está en la parada de taxis de la zona con la rotulación «Uber Mallorca» en su lateral.

Por curiosidad nos quedamos un ratito mirando mientras charlamos y respiramos el ambiente. Algunos taxistas pasan cargados, otros con luz verde, pero todos coinciden con algo: las miradas furtivas y la sensación de querer expulsarle de allí.


Después del escándalo en el Mad Cool, el WiZink Center pone la alfombra roja a Uber

Después del escándalo en el Mad Cool, el WiZink Center pone la alfombra roja a Uber

 


No dirán nada, me dice Aina, saben que Uber quiere sangre y les toca aguantar. Al minuto se les acerca un grupo, comentan algo por la ventanilla y se van. Ahora se le acerca una mujer de unos 50 años, diría que alemana. Su marido le sigue a la zaga, diría que algo más perjudicado por el exceso de copas tras la cena, pero estable. De repente la mujer saca la cartera y antes de hacer ningún movimiento más, algo le interrumpe, la guarda súbitamente y abre la puerta del coche para que entre su marido y tras él, ella. Arrancan y se van.

Aina me mira y me dice «Pues sí, tienes razón, parece La Latina, ya incluso trabajan como piratas igual que allí. Le digo que voy a escribir algo al respecto y no se opone, eso sí, tras prometerle que no desvelaré su nombre, porque puedo entender que el taxista despierte animadversión aquí y allá por los motivos que sean, motivos que entiendo que se pueden pulir, especialmente si la alternativa es el «premium» este, pero me daría mucha pena que este bonito lugar terminase convirtiéndose en otra selva como Madrid, donde la salvación ya es casi imposible gracias a nuestra presidenta IDA.