A la mierda los VTC ilegales, los taxistas chorizos y los que no aportan nada al ciudadano
Hay algo profundamente cómico en el espectáculo que estamos viendo alrededor de la nueva Ley del Taxi en Catalunya. Resulta que durante años todo el mundo ha reclamado regulación, orden, seguridad jurídica y una solución al conflicto entre taxi, VTC y plataformas. Pero ahora que existe una proposición de ley que pretende poner negro sobre blanco cómo debe organizarse este mercado, algunos han descubierto que la palabra «regulación» les produce una alergia terrible.
Y entonces comienza el festival.
Que si la ley es una barbaridad. Que si es «la ley de Tito». Que si hay que frenarla. Que si el bescanvi es una locura. Que si el catalán no debería ser obligatorio. Que si las VTC tienen derechos. Que si el taxi está siendo atacado. Muchísimo ruido. Muchísima indignación.
Y, cuando uno pregunta cuál es la alternativa concreta, ocurre algo extraordinario: silencio.
Porque decir «NO» es facilísimo. Lo difícil es sentarse, redactar una propuesta, negociarla con los grupos parlamentarios y conseguir que salga adelante. Eso requiere trabajo. Lo otro requiere una pancarta.
La ley que algunos descubrieron ayer
Conviene recordar algo que parece molestar especialmente a quienes ahora se rasgan las vestiduras: la nueva regulación no ha caído del cielo.
Élite Taxi lleva años empujando políticamente para que exista un marco regulador nuevo para el taxi, las VTC y las plataformas. La proposición que actualmente tramita el Parlament fue presentada conjuntamente por PSC-Units, Junts, ERC, Comuns y CUP-DT y superó el debate de totalidad en marzo de 2026.
Es decir, mientras algunos siguen gritando «la ley de Tito», el Parlament está haciendo algo bastante menos espectacular pero mucho más importante: tramitar una ley.
Y sí, Élite Taxi ha tenido un papel protagonista en la defensa de este modelo. Su portavoz ha defendido públicamente la propuesta y el mecanismo de bescanvi, incluso planteando que las VTC puedan transformarse progresivamente en licencias de taxi para evitar una destrucción de puestos de trabajo.
Por tanto, llamar a todo esto «la ley de Tito» puede quedar muy bien en una pancarta, pero jurídicamente tiene aproximadamente la misma seriedad que llamar «la ley de Pepito» al Código Penal porque Pepito haya pedido que se cumpla.
La ley será del Parlament. No de Tito. No de Élite. Del Parlament.
¿Y los que están en contra qué proponen?
Esta es la pregunta que deberían contestar todos los días quienes hacen campaña contra la regulación.
No quiero otro comunicado diciendo que todo es una mierda.
No quiero otra pancarta.
No quiero otro vídeo indignado.
No quiero otra guerra de siglas.
Quiero saber cuál es vuestra alternativa.
¿Cómo se regula el taxi?
¿Cómo se regula la VTC?
¿Cómo se controla a las plataformas?
¿Cómo se evita que una multinacional tenga capacidad para condicionar el mercado?
¿Cómo se garantiza el servicio público?
¿Cómo se protege al usuario?
¿Cómo se combate el intrusismo?
¿Cómo se persigue a quien incumple?
¿Cómo se controla a quien utiliza una VTC de manera ilegal?
¿Cómo se evita que algunos taxistas hagan lo que les salga de los cojones con el precio cuando detectan que tienen delante a un turista que no conoce la ciudad?
Ahí está el problema.
Porque para decir «NO» sirve cualquiera.
Para construir una alternativa hace falta trabajar.
Y quizá ese sea el pequeño detalle que algunos han olvidado.
El maravilloso taxi de la barra libre
Hay una cosa que tengo bastante clara: no quiero un taxi sin regulación. Y tampoco quiero VTC sin regulación.
No quiero plataformas haciendo lo que les venga en gana. No quiero conductores saltándose las normas.
Y tampoco quiero taxistas que consideren que llevar una licencia en el bolsillo les convierte en una especie de señor feudal del asfalto.
Quiero un servicio profesional. Y cuando digo profesional quiero decir profesional de verdad.
Porque hay taxistas extraordinarios. Profesionales impecables. Personas que conocen Barcelona, que tratan al pasajero correctamente, que cumplen las normas y que hacen auténticos malabarismos para sacar adelante su negocio. A esos taxistas los respeto profundamente.
Pero precisamente por ellos hay que decir una cosa muy clara: la regulación también sirve para protegerlos de los impresentables que perjudican la imagen de todo el sector.
Porque el problema no es que existan normas. El problema es que haya quien quiera poder saltárselas.
El turista no es un cajero automático con ruedas
Y aquí voy a ser especialmente contundente.
Uno de los argumentos más miserables que puede utilizar cualquier persona que trabaja en el transporte es convertir al turista en una presa económica.
El turista llega a Barcelona, no conoce las calles, no sabe cuánto debería costar una carrera, no conoce los suplementos, quizá no habla castellano ni catalán y confía en que el profesional que tiene delante actúe correctamente.
Esa confianza no debería convertirse jamás en una oportunidad para abusar.
Quien quiera cobrar ilegalmente, engañar, manipular una carrera o aprovecharse del desconocimiento de un visitante no necesita menos regulación. Necesita más controles.
Y si alguien se dedica a hacer eso, que tenga claro que mi simpatía está exactamente en el lado contrario.
Porque robar al turista no es «ser listo». No es «buscarse la vida». No es «hacer negocio».
Es cargarse la reputación de miles de profesionales honrados.
Y después, cuando el ciudadano reclama más regulación, algunos se preguntan por qué. Pues precisamente por eso.
Y las VTC ilegales, que tampoco se nos olvide
Exactamente la misma contundencia debe aplicarse a las VTC.
Una VTC legal que trabaja dentro de la normativa es una cosa. Una VTC que incumple las condiciones establecidas es otra completamente distinta. Y aquí no debería haber medias tintas.
Si es ilegal, se persigue.
Da igual si lleva el logo de Uber, de Cabify, de Bolt o de la empresa de turno. Da igual si el conductor es autónomo.
Da igual si alguien intenta justificarlo diciendo que «todos tienen derecho a trabajar». Por supuesto que tienen derecho a trabajar.
Dentro de la ley.
El propio debate parlamentario y las posiciones de Élite Taxi han situado precisamente el cumplimiento de la normativa por parte de las VTC como uno de los puntos centrales del conflicto.
Y aquí conviene aplicar exactamente la misma vara de medir a todo el mundo.
Al taxi. A las VTC. A Uber. A Cabify. A Bolt. A cualquiera.
El que cumpla, trabaja. El que no cumpla, responde.
Qué concepto tan revolucionario.
Y luego están la «Mugre»
Dentro del propio sector existe una denominación utilizada de forma despectiva para referirse a los taxistas que trabajan con Uber: «Mugre».
No voy a fingir que me escandaliza la dureza del término porque estamos hablando de una guerra interna que lleva años utilizando un vocabulario bastante menos diplomático que el de un congreso de notarios.
Pero sí diré una cosa.
Si un taxista decide trabajar con una plataforma, tiene que cumplir la normativa que le corresponda.
No hay más. Trabajar con Free Now, Uber o Cabify con los colores del taxi, es cuanto menos hipócrita, por no llamarlo arrastrao o traidor.
Porque aquí algunos parecen tener una moral regulatoria de supermercado: compran las normas que les gustan y dejan las que no les gustan en la estantería.
Si la regulación te molesta, quizá deberías preguntarte por qué
Esta es la pregunta incómoda.
¿Por qué hay gente que se pone tan nerviosa cuando se habla de control?
Si trabajas correctamente, ¿qué miedo tienes a que haya regulación?
Si cobras correctamente, ¿qué miedo tienes a que haya control sobre las tarifas?
Si cumples las normas, ¿qué miedo tienes a que se inspeccione?
Si atiendes correctamente al usuario, ¿qué miedo tienes a que existan mecanismos para reclamar?
Si eres profesional, ¿qué miedo tienes a demostrar que cumples los requisitos profesionales?
Porque quizá la regulación no sea el enemigo.
Quizá el enemigo sea la competencia desleal del que hace trampas.
El catalán tampoco debería ser el fin del mundo
Y volvemos al otro gran drama.
El catalán. Resulta que un taxista puede hablar inglés y todos aplaudimos. Puede hablar castellano y qué maravilla. Puede hablar urdú y «ole sus huevos», porque evidentemente cuantas más lenguas domine un profesional, mejor.
Pero llega el catalán y algunos empiezan a comportarse como si les hubieran comunicado que deberán presentar el examen de acceso a la NASA.
Estamos en Barcelona. El catalán forma parte de la realidad lingüística de Catalunya.
Si la regulación establece que el profesional del taxi debe acreditar un determinado conocimiento de catalán, se acredita.
Y punto.
No estoy diciendo que el castellano tenga que desaparecer. No estoy diciendo que el inglés no sea importante.
No estoy diciendo que un taxista tenga que renunciar a ninguna otra lengua. Estoy diciendo exactamente lo contrario.
Que aprenda todas las que quiera. Pero también catalán.
Porque el catalán no es un enemigo. Es una lengua.
Y para quien trabaja atendiendo al público en Catalunya, conocerla puede ser perfectamente una competencia profesional.
Lo verdaderamente antisistema sería defender que nadie tenga que cumplir nada
Hay algo especialmente divertido en escuchar determinados discursos sobre libertad.
Porque algunos quieren libertad para trabajar, libertad para competir, libertad para elegir plataforma y libertad para hacer prácticamente todo.
Perfecto. Yo también quiero libertad.
Pero quiero una libertad bastante más aburrida. Quiero la libertad del usuario de no ser engañado.
La libertad del taxista honrado de no competir contra quien hace trampas. La libertad de un profesional de trabajar sin que una plataforma le imponga condiciones abusivas.
La libertad de un ciudadano de reclamar. La libertad de utilizar el catalán.
La libertad de tener un servicio regulado. Y, sobre todo, quiero una cosa que parece haberse convertido en una idea radical: que las mismas reglas se apliquen a todos.
Qué peligro.
Los que dicen que la ley destruye el taxi deberían explicar qué taxi quieren
Porque yo sí tengo claro qué taxi quiero.
Quiero un taxi que pueda competir con las plataformas. Quiero un taxi profesional.
Quiero un taxi regulado. Quiero un taxi controlado.
Quiero un taxi que respete al usuario. Quiero un taxi donde un turista no sea considerado una oportunidad para inflar una carrera.
Quiero un taxi donde el conductor que hace bien su trabajo no tenga que competir en inferioridad de condiciones con quien decide que las normas son opcionales.
Quiero VTC legales. Quiero VTC controladas. Quiero plataformas sometidas a reglas.
Y quiero una Administración que deje de mirar hacia otro lado cuando alguien incumple.
Eso no es estar contra el taxi. Eso es defender el taxi de verdad.
Lo que no quiero es el sindicato de «a mí no me controles»
Lo que empieza a cansar es ese discurso según el cual cualquier mecanismo de control supone un ataque al trabajador.
No.
Un control no es un ataque. Una inspección no es una persecución.
Una obligación no es una dictadura. Un requisito profesional no es una humillación. Una multa por incumplir una norma no es una conspiración.
Es lo que ocurre cuando existen reglas.
Y si alguien cree que una regla es injusta, tiene todo el derecho a combatirla. Pero combatir una norma no significa tener razón.
Y protestar contra una ley tampoco convierte automáticamente en héroe a quien protesta.
A veces simplemente significa que no te gusta la ley. Y punto.
Élite Taxi puede equivocarse, pero al menos ha puesto una propuesta encima de la mesa
Yo no voy a decir que todo lo que proponga Élite Taxi sea perfecto. Sería absurdo.
Cualquier organización puede equivocarse. Cualquier sindicato puede equivocarse. Cualquier dirigente puede equivocarse.
Pero hay una diferencia fundamental entre quien pone una propuesta encima de la mesa y quien se limita a decir que esa propuesta es una mierda.
Al primero se le puede discutir. Al segundo hay que preguntarle qué coño propone.
Y hasta ahora, demasiado a menudo, el debate se ha convertido en eso. Élite Taxi defiende un modelo. Otros colectivos lo critican. Perfecto. Pues venga. Presenten otro.
Expliquen cómo quieren ordenar el sector. Expliquen cómo quieren afrontar el problema de las VTC. Expliquen qué hacemos con las plataformas.
Expliquen cómo protegen al usuario. Expliquen cómo garantizan el servicio público. Expliquen cómo combaten el fraude. Expliquen cómo protegen al taxista honrado.
Y expliquen también por qué deberíamos rechazar el bescanvi y qué alternativa concreta ofrecen.
Porque hacer campaña contra algo sin poner nada encima de la mesa es una actividad extraordinariamente cómoda.
Yo no quiero que me defiendan de una ley: quiero que me defiendan del abuso
Como usuario que también soy, me importa bastante poco quién gana la guerra de siglas. Me importa que cuando entre en un taxi no me tomen el pelo.
Me importa que la persona que conduce sepa dónde va. Me importa que el servicio sea seguro. Me importa que las tarifas se respeten.
Me importa que pueda reclamar si algo sale mal. Me importa que el sector esté ordenado. Y me importa que la competencia sea legal.
Eso es lo que debería importar también a quienes dicen defender el taxi.
Porque el taxi no se defiende pidiendo que desaparezcan las reglas. El taxi se defiende consiguiendo que las reglas sean justas y que se cumplan.
Basta ya de confundir intereses particulares con el interés del sector
Quizá aquí esté la verdadera trampa.
Hay personas que hablan en nombre del taxi cuando, en realidad, están hablando de sus propios intereses.
Y no pasa nada por tener intereses. Todos los tenemos. Lo que resulta impresentable es disfrazarlos de interés general.
Si una determinada regulación perjudica económicamente a alguien, que lo diga. Si una plataforma es importante para su negocio, que lo diga. Si no quiere cumplir determinado requisito, que explique por qué. Y estoy hablando de Stac, PakTaxi, ATC y toda esa cuadrilla que se les llena la boca protestando contra la asociación mayoritaria del sector, pero que no han puesto sobre la mesa ni una puta mierda de propuesta. Al menos los políticos rancios que criticaban a Ada Colau, decían porque, aunque fuese delirante o demencial.
Que no nos vendan que aquello que beneficia a algunos es automáticamente lo mejor para los 13.000 profesionales que trabajan en el sector.
Y mucho menos nos vendan que el usuario debe aceptar cualquier cosa en nombre de una supuesta libertad del taxista.
No.
El usuario también existe. Y paga.
Al final, la pregunta es muy sencilla
¿Queremos un taxi regulado o queremos la selva?
¿Queremos VTC legales o queremos barra libre?
¿Queremos plataformas sometidas a reglas o queremos que decidan ellas cómo funciona la movilidad?
¿Queremos proteger al profesional que cumple o premiar al que encuentra el agujero?
¿Queremos que el turista sea un cliente o una víctima?
¿Queremos un servicio profesional o queremos que cada uno haga lo que le salga de las narices?
Yo ya tengo respuesta.
Regulación.
Y bastante. Pero regulación de verdad.
Para el taxi. Para las VTC. Para las plataformas. Para todos.
Y con controles.
Porque si una VTC trabaja ilegalmente, fuera. Si un taxista engaña a un turista, sanción.
Si una plataforma incumple, sanción y al carrer. Si un profesional no cumple los requisitos, que los cumpla.
Y si una organización considera que la ley es mala, que presente una alternativa.
Pero que deje de pedirnos que admiremos su capacidad para decir «NO» como si hubiera descubierto la democracia.
El taxi que yo quiero no necesita llorar cada vez que aparece una norma
Necesita profesionales. Necesita dignidad. Necesita seguridad jurídica. Necesita una regulación moderna.
Necesita usuarios satisfechos. Necesita combatir a quien hace trampas. Necesita acabar con la competencia ilegal.
Y necesita dejar de perder energía en guerras internas absurdas.
Porque mientras algunos se insultan entre ellos, las plataformas siguen haciendo negocio.
Mientras unos dicen «la ley de Tito», otros siguen negociando en el Parlament.
Mientras unos hacen campaña contra el catalán, el usuario sigue teniendo derecho a pedir un servicio en su lengua.
Y mientras unos se empeñan en que cualquier regulación es una agresión, los taxistas que cumplen siguen trabajando honradamente para pagar sus facturas.
A esos sí hay que defenderlos.
A los que cumplen. A los que trabajan. A los que no engañan. A los que respetan al pasajero. A los que quieren competir limpiamente.
Y a los que entienden que una licencia no es una licencia para hacer lo que les salga de los cojones.
Así que a todos aquellos que están en contra de la nueva Ley del Taxi les lanzo una propuesta extremadamente sencilla: menos llorar y más redactar.
Menos «no a la ley».
Más «esta es nuestra alternativa».
Menos insultar a quien intenta regular.
Más explicar qué modelo quieren.
Menos utilizar al usuario como figurante.
Más pensar en él.
Y, sobre todo, menos miedo a las reglas.
Porque si haces tu trabajo correctamente, la regulación no debería darte miedo.
Debería darte seguridad.
Y si lo que quieres es trabajar sin que nadie te controle, cobrar lo que te dé la gana, saltarte las normas que te incomodan y convertir al turista despistado en tu particular cajero automático, entonces tengo una mala noticia: el problema no es la nueva Ley del Taxi.
El problema es que quizá has elegido el oficio equivocado.
Menos «No a la Ley Tito» y mas alternativas




















